Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas

martes, 15 de marzo de 2011

Un cuento

Andaba yo con algunos dinerillos y decidí contratar con sueldo a alguien que me administrara mis bienes, que se ocupara de realizar algunas reparaciones y unas nuevas dependencias que necesitaba para hacer más acogedora mi casa.

Contacté con 4 empresas diferentes de esas de empleo temporal que me ofrecían administradores; sopesando unos y otros me dejé convencer por la publicidad y escogí a uno de una empresa grande. El elegido me prometió que cuidaría de mis bienes, que cumpliría lo pactado y me pidió que confiara en él.

Durante los primeros años que trabajó para mí, observaba que las cosas que le había encargado y que él me dijo que haría, no acababa de ponerlas en marcha. Cada año me sacaba más dinero y yo me preguntaba que dónde lo estaría metiendo porque no veía el fruto pero si advertía que mis bienes menguaban.

Un día me preguntó que como quería que arreglase el salón de baile (él lo llamó Plaza Mayor), se lo dije por escrito y cuando ya estaba terminado observé con disgusto que no hizo lo que habíamos acordado. Estaba casi igual que estaba, salvo que un jarrón y unos cuadros de gran valor habían desaparecido y que me costó casi el doble de lo que me había dicho. Ahí empecé a darme cuenta que estaba haciendo cosas fuera de lo prometido.

El caso es que a los cuatro años que le finiquitaba el contrato, me dije “pelillos a la mar” y se lo renové. Muchas veces perdonamos todo por no molestarnos, diciéndonos aquello “mas vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”, y aunque estaba convencido de que no era lógica esa reacción me hice el tonto, me dejé llevar. Pensé por un momento que él no había hecho gran cosa por defender mi hacienda ni por cumplir lo pactado pero lo dejé pasar.

Como digo, en lugar de valorar lo que me costaba y lo que había conseguido, me dejé llevar por la apatía, no me molesté en analizar los resultados fríamente y ¡zas!, le renové el contrato. Esto que me pasó a mí nos ocurre a veces cuando, por ejemplo, vamos a un establecimiento que sabemos que no es limpio, ni amable, ineficaz o caro, ni tienen variedad de productos y que si puede te sisa, pero por rutina, entramos.

¡Craso error el mío y maldita la rutina! Como he dicho le hice nuevo contrato por otros cuatro años y antes de que acabase el primero ya me dí cuenta de mi gravísimo error, porque descubrí que ¡había trasformado el color de mi cuenta!, ¡ahora los números eran rojos! Se había gastado todo lo que le daba y además había empeñado mi casa en el banco, a mí, ¡que siempre había presumido de no tener deudas! Por primera vez en mi vida en lugar de cobrar intereses ¡estaba empeñado para los próximos cuatro años! No, no me preguntó.

Quise aclarar las cuentas con él y no pude; palabra que se lo pregunté. Hizo como que se enfadaba conmigo y ya no me habló más. Y con un contrato blindado por cuatro años que le había preparado su sindicato, ya me dirás. ¡No podía despedirle!

Entonces dí una vuelta por mi casa mirando bien a ver que había hecho que justificase tanto gasto y solo encontré un gran teatro real con sus jardines y todo, y unas grandes etiquetas que decían “regalo de otros” (Ver fotos). Pero también dijo que iba a traer a los príncipes, que para eso era real.

Ahora, sigo sin saber que se ha hecho con mi dinero, y endeudado hasta las cejas; tengo que renovarle otra vez el contrato y, ¡¡no sé que hacer!!

Fermín.

miércoles, 23 de junio de 2010

Nombres con historia. El Salto del Pellejero.

Antes de llegar a la confluencia donde el río Pisuerga vierte sus aguas en el padre Duero, discurre la cañada o Camino Real junto al río Pisuerga en los límites del término municipal de Geria con el de Simancas, junto a Mosquila. En este lugar se dio hace muchísimos años, quizá siglos, un hecho insólito por el que, desde entonces, se conoce al lugar por el nombre de “El Salto del Pellejero”.
Ramón, el principal protagonista de esta narración, era un apuesto joven extremeño que en compañía de su caballo alazán, recorría los pueblos castellanos comprando pieles de cordero y oveja; ganado que por aquellas fechas abundaba en los campos de Castilla.

El joven Ramón además de comprar pieles, vendía toda clase de especias con lo que se ganaba la vida con cierta comodidad. De carácter alegre y debido al trato con las mujeres, se decía de él que tenía una novia en cada pueblo; pero lo cierto era que su corazón ya estaba preso en las redes del amor. Una joven zagala que vivía en lo que hoy llamamos "Pesqueruela” se había adueñado de su corazón sin apenas él darse cuenta.

Hortensia que así se llamaba la joven zagala, tenía diez y seis años y estaba dotada con todos los encantos que la madre naturaleza había podido depositar en una joven. Era guapa y bien formada con una cabellera negra que servía de adorno a su rostro angelical. Así que no era de extrañar que Ramón, el pellejero, se hubiera prendado de ella.

La joven pastora parecía no hacer caso de los galanteos que Ramón la dirigía siempre que tenía ocasión para hacerlo. Hortensia le decía, que ella no quería ser una más de su colección. Le decía que, según ella quería ser para un solo hombre, quería que ese hombre fuera sólo para ella.

Ramón no lograba hacerla comprender que era a ella a quién de verdad quería, que las demás solo eran pasatiempo.

Así las cosas, Hortensia vivía feliz al lado de sus padres, les ayudaba en cuantos menesteres era necesaria su ayuda. Muchos sábados en los que su padre tenía que trasladarse a la ciudad para vender el queso o a otros menesteres, ella se encargaba de sacar el ganado a pastar. Acompañada de su perro y provista de huso y rueca, siempre dispuesta a hilar un vellón de blanca lana, mientras las ovejas pacían tranquilamente a las orillas del Pisuerga y su pensamiento volaba al lado de aquel apuesto pellejero.

Un hecho insólito, casi increíble, ocurrió un cálido sábado del mes de mayo. Hortensia hilaba mientras sus ovejas se recreaban en los verdes pastos que una primavera lluviosa había propiciado.

Ramón había pasado la noche en Tordesillas, madrugó como tenía por costumbre para dirigirse a Simancas donde casi siempre le aguardaban las pieles de los corderos y ovejas que en el lugar se sacrificaban. Después pasaría por el puente romano y se dirigiría a Pesqueruela, con la única intención de pasar un rato al lado de su amada, porque estaba seguro de que aquella zagala le amaba; a pesar de la resistencia de la joven a reconocerlo.

El caballo “Volador” estaba también compenetrado con su amo que parecía que le adivinaba el pensamiento. Era veloz y siempre estaba dispuesto a llevar a la práctica el deseo de su amo.

Llegaban a un altozano que había en los límites del término municipal de Geria con el de Simancas, por el Camino Real junto al río Pisuerga, justo al lado de Mosquila. Ramón dirigió una mirada al otro lado del río y allí vio a la zagala de sus sueños hilando lana. Paró su cabalgadura y en esos momentos una idea debió de cruzar por su mente y sin pensarlo dos veces se dispuso a ponerla en práctica. Subió a lo más alto del montículo y desde allí lanzó a su caballo al galope con la intención de salvar el río de un salto.

Cuando ya estaba a punto de iniciar el salto, grito: “Hortensia, ¡allá voy!”

La joven hilandera reconoció la voz del hombre que amaba y no pudo por menos de exclamar: “Loco, más que loco!”, cuando ya caballero y caballo nadaban con toda tranquilidad hacia donde ella estaba.

Ya en tierra firme Ramón y Hortensia se fundieron en un amoroso abrazo, jurándose amor eterno.

Pasado algún tiempo los jóvenes se casaron y vivieron muchos años muy enamorados y felices.

Este hecho increíble dio lugar al nombre de aquel paraje “El Salto del Pellejero”.

Agustín Herrero.
Vecino de Simancas.
Publicado en la revista “Micaela” de Geria
.